Entre la culpa y la ansiedad
Corte de caja y objetivos de año nuevo.
Diciembre se asocia con el cierre de un ciclo, un año termina al tiempo que inicia uno nuevo, lo que representa un corte de caja a la vez que planeación para el futuro inmediato. En este fenómeno, dependerá de las circunstancias de cada persona la forma en que lo vive, a veces como culpa por no cumplir los objetivos propuestos, otras, como rigor de perfección al establecer las metas del año que inicia. ¿De dónde vienen estas experiencias y qué podemos hacer para aligerarnos el peso que suponen?
Hablar del ser humano y todo aquello que le hace singular (emociones, sentimientos, pensamientos, conductas, deseos, motivaciones) nos lleva a preguntarnos por qué somos como somos y no de otra manera. En este espacio partiré desde una mirada relacional: somos el resultado de la interacción entre la cultura en que vivimos y lo que decidimos de manera individual, que a su vez alimenta nuestro contexto.
La cultura genera estilos de vida que regulan lo que hacemos y sentimos. El entorno actual se caracteriza por imperativos de competencia, productividad y visibilidad que condicionan los malestares de nuestra época, tanto físicos como mentales. La obligación de ser productivos se vincula con el valor dentro de la sociedad: quien hace más vale más. Esto presupone que cualquier “falta” sea vivida como frustración, generando sentimientos de inutilidad e infravaloración, cuya respuesta no es reflexionar sobre las variables que influyeron en ello, sino un mayor sometimiento como demanda de perfección que no admite nuevos errores; por lo que en lugar de motivar produce angustia y ansiedad por el futuro. Esta forma de vida tiene dos características: la obligación del rendimiento y el efecto de cansancio.
Mientras se asume como cierto el “querer es poder”, perdemos de vista que existen condiciones materiales, personales y colectivas que influyen en nuestro diario vivir. Y la idea de perfección se sostiene en que la responsabilidad es únicamente individual, sin posibilidad de error y de pausa, ya que la sensación es que “se pierde el tiempo” o “la vida se nos va”, incluso en actividades recreativas.
El tiempo productivo es distinto al tiempo vital que necesitamos para recuperarnos individual y colectivamente, para encontrarnos de manera significativa con las personas que queremos al igual que con nosotras y nosotros mismos. Errar es humano y buscar mejorar no es lo mismo que exigirnos la perfección. La multiplicidad de factores para no conseguir lo que nos proponemos es tan amplia que el juicio dirigido exclusivamente a lo individual es irreal y se queda corto, además que impacta nuestro bienestar, porque las narrativas que escuchamos en nuestra sociedad es que somo libres de hacer, y es producto únicamente de nuestra capacidad y esfuerzo lo que conseguimos. Nada más alejado de la verdad. Hace falta ver las condiciones singulares de cada persona para llegar a una conclusión más o menos acertada.
Por ello, me gustaría compartir algunas preguntas para reflexionar sobre lo que nos proponemos, asumiendo que habrá aspectos en los que sí podemos incidir y otros que nos excederán en el futuro:
- ¿Lo que me propuse era un objetivo claro y alcanzable con los recursos y habilidades que tenía?
- ¿Qué decisiones, hábitos y acciones personales facilitaron y/o dificultaron el proceso dentro de mis condiciones y no con base en modelos externos?
- ¿Cómo fue mi motivación, estrés y frustración durante el proceso y cómo respondí a ello?
- ¿Qué circunstancias ajenas a mi control (económicas, materiales, sociales, laborales, de salud, etc.) afectaron el proceso?
- ¿Qué aprendizajes puedo recuperar de esta experiencia para mejorar, sabiendo que es posible que no controle todas las variables en el futuro?
Erik Rubén Torres Saldaña.
Licenciado en Psicología con enfoque clínico y social.
Miembro del Colegio Mexicano de Profesionistas de Psicología, capítulo Durango.
Contacto: 551 488 8164